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Ocho errores típicos de escritor novato

 

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Te confieso que al escribir el título de esta entrada tuve que contenerme para no añadir y no tan noveles, pero luego reflexioné un poquito. Tal vez hemos empoderado demasiado a las musas y colocado la palabra talento en un pedestal tan alto que nos hemos olvidado de que escribir (bien) no es esperar de brazos cruzados a la inspiración, sino que implica técnica, práctica y un afán constante de mejora. Si no se dominan los aspectos que te detallo a continuación no habrá argumento, por muy brillante que sea, que atrape al lector. Y créeme, los lectores son más exigentes de lo que parece.

  1. Errores en los diálogos. Usar la raya (-) en vez del guion (—), repetición de verbos, diferencia entre verbos dicendi o non dicendi, errores de espaciado o de puntuación... Los diálogos son un agujero negro en la galaxia más lejana del que salir, se sale, tal y como te mostraremos en nuestra próxima entrada.

  2. Nombres complicados que al repetirse en el texto evolucionan (casi siempre) de forma desfavorable. Mishkin > Miskhin > Mishkhin. Eso ya sin meternos en un Alachachian > Alatchachian > Alatchatchian... ¿Crees que es imposible? Ponte a escribir un ensayo o una novela histórica con nombres rusos u orientales y sabrás lo que es bueno cuando el Buscar y reemplazar con te devuelva solo una parte de lo que esperas.

  3. Exceso de riqueza léxica. El uso de palabras muy rebuscadas y de construcciones largas y complicadas suele acabar en textos muy densos. Y no olvidemos que denso, culto e intenso son las tres marías literarias. Ay, ese clic derecho sobre la palabra en Word que pone a nuestra disposición sinónimos muy chulos y apetecibles... Asegúrate siempre de buscar el significado de la palabra en una fuente fiable (Enclave RAE, por ejemplo), de leer casos prácticos de uso y de adecuarla al tipo de lector al que vaya destinado el texto.

  4. Pobreza léxica. Huir de un exceso de cultismos no significa caer en un vocabulario simple y repetitivo. Un escritor ha de ser un buen lector deseoso de aprender y procesar técnicas, recursos y vocabulario de otros autores para desarrollar su propio talento (nada más lejos del plagio). Además, la riqueza léxica no entiende de másteres ni clases sociales, está a disposición de todos; solo se precisan ganas, constancia y una biblioteca a mano.

  5. Repetición de palabras en el mismo párrafo o incluso en líneas seguidas. Tiene mucho que ver con el punto anterior. Es un detalle que canta especialmente si lo lees en voz alta. Haz la prueba y verás cómo funciona.

  6. Demasiados adverbios acabados en -mente. No se trata de declararles la guerra y evitarlos, por supuesto, pero usados muy a menudo cansan al lector y enfadan al editor (como lo oyes) al asociarlo a escritores perezosos o faltos de recursos.

  7. Frases demasiado largas. Cuanto más larga es una frase más fácilmente resultará cometer errores de puntuación. Mención aparte merecen las subordinadas dentro de subordinadas ad infinitum. Huye de ellas como alma que lleva el diablo hasta que no consigas dominarlas bien. Esta puede parecerte una recomendación extraña puesto que una de los rasgos más característicos de algunos grandes autores es su tendencia a las frases muy cortas (Azorín) o muy largas (Juan Benet) con las que han logrado obras espléndidas. No obstante, estamos hablando de autores con un conocimiento profundo del funcionamiento de la prosa (ritmo fónico, sintáctico y narrativo) y una gran producción literaria en la que no cuenta solo lo publicado, sino una práctica, a veces compulsiva, de años. Nuestro consejo es obvio: presta atención a la construcción de las frases, cadencia y puntuación, y empieza a trabajar de menos a más. Practica, sé crítico contigo mismo hasta encontrar tu estilo personal. A partir de ahí, las reglas están para romperlas.

  8. Demasiada información (o falta de ella). Hay que manejar muy bien las palabras para mantener la atención del lector cuando describimos con profusión actos cotidianos que después no tendrán ninguna trascendencia en la novela. Se pueden utilizar para añadir patetismo o humor a la escena. Por ejemplo, podemos regodearnos en la descripción de los detalles de un asesino que limpia cuidadosamente la escena del crimen; pero si es un psicópata reincidente es posible que solo nos interese pormenorizar en la escena de la limpieza una vez, no en cada ocasión que vuelva por sus fueros. El caso contrario sucede cuando el autor da por hecho que el lector conoce información crucial y prosigue con el argumento dejando vacíos que no se llenarán posteriormente. De este modo, no tendremos un thriller sino un lector confundido. Juega con la información y dosifícala para crear la intriga y mantener el interés.

Resumiendo: en la forma cuida la redacción, lee en voz alta lo que has escrito y modifica si consideras que le falta o sobra algo y usa fuentes fiables para resolver tus dudas. En cuanto al contenido, entra en detalles cuando consideres que aportan algo a la historia o como transición entre escenas significativas y planifica bien las ideas antes de escribir. Para ello son especialmente útiles los esquemas y mapas mentales. Ahorrarás tiempo y ganarás coherencia (en la obra, al menos).

Y a ti, ¿qué aspectos te resultan más difíciles a la hora de escribir? ¿Cómo planificas tus obras?

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